Simbología Profunda de la Soberbia 💔🕯️💎

 Simbología Profunda de la Soberbia 💔🕯️💎

    Satanás en la tradición Judeocristiana y Católica es la personificación simbólica de la Soberbia. Satán (en hebreo: שָּׂטָן sa'tan, «adversario», en árabe: شيطان Shaitán, «mal camino», «distante») en las religiones abrahámicas, es una entidad negativa que seduce a los humanos al pecado o la falsedad. En el cristianismo y el Islam, generalmente se lo ve como a un ángel caído que solía poseer una gran piedad y belleza llamado Luzbel, que sin embargo se terminó rebelando ante Dios por lo cual fue desterrado al infierno, convirtiéndose en el gobernante y líder opositor al Reino de Dios. En el judaísmo, Satanás se considera una metáfora de «inclinación al mal», o como un agente subordinado a Dios. Se le asocia a distintos nombres: Lucifer, Mastema o Beqa.

  Beqa: El nombre original de Satánás, antes de pecar contra Dios y ser vencido por Miguel. Su nombre pasó a ser Kasbeel (de allí  quizá el Luzbel y su relación con serpientes Cascabel) y luego Satanail, de donde procede Satán, su versión más corta y significa "Adversario".

   Mastema, según los Jubileos, fue el demonio que puso a prueba la lealtad de Abraham hacia Dios. Algunos creen que este es solo otro nombre otorgado a Satán. Se dice que él provocó la primera muerte de todos los recién nacidos en Egipto, y en atentar contra la vida de Moisés (en lugar de Dios), que también incitó al pueblo egipcio a perseguir a Moisés y a su pueblo por el desierto, para después matarles. También según los Jubileos, Mastema es un sirviente de Dios, su misión es tentar a los hombres; él no inicia el proceso de pecar, solo guía a los hombres, para después acusarlos frente al trono de Dios. Como el Satán del Antiguo Testamento, su función es tentarlos y, si resisten los hombres las pruebas, serán dignos del cielo Según los Jubileos, Mastema le pidió a Dios que le otorgara parte de los espíritus condenados, para que ellos obedecieran su voluntad y así cumplir mejor su misión en contra del hombre... Dios le otorgó una décima parte de los espíritus para que obedecieran su voluntad, mientras las otras nueve partes permanecieron condenadas en el lugar del juicio final. Se dice que es el padre de todo mal, pero que aun así, es servidor de Dios. Es el ángel que acusa y sirve a Dios como tentador y príncipe del mal, de la injusticia y de la condenación.

  Lucifer significa el dador de luz,  que se transformó en Satanás al dejarse llevar por la envidia y la soberbia contra Dios, como describe el Génesis del Antiguo Testamento. Desde el punto de vista de otras creencias como la masonería y el gnosticismo, dicen que Lucifer fue el primero de los ángeles caídos, no Satanás, y que él es quien gobierna los infiernos. En el Luciferismo, se adora a Lucifer considerándolo el ángel de la luz, que debe liberar al hombre de la servidumbre del Creador emulando el mito prometéico, mientras que en el cristianismo lo consideran como el padre de la mentira, que mediante el engaño y la envidia esclaviza al hombre en vez de liberarlo. Los que creen en la versión luciferina intentan distinguirse del Satanismo, más vulgar y que consideran inmundo.

 En el Evangelio de Nicodemus VII (XXIII), se narra como a la muerte de Jesús de Nazareth, Satán y Beelzebub orquestaron un plan para traer el alma de Jesús a los infiernos, siendo Beelzebub el primero en enfrentar al alma de Jesús. Jesucristo derrotó a Beelzebub con sólo su voz, y después de que Beelzebub se sintiera derrotado se puso en contra de Satanás. Jesús le ordenaría a Beelzebub dejar a Satán en paz, diciéndole que él seguiría siendo el Rey del infierno, hasta el fin de los tiempos. Por eso se afirma que Satanás gobierna sobre Belcebú quien es el director de las nueve Jerarquías infernales, que están debajo de la primera línea de Satanás.  En el Budismo, se identifica al demonio Mara con Satanás.


La Soberbia y la Personalidad Humana.

   El pecado de la soberbia, el orgullo o la vanidad está estrechamente relacionado con la egolatría, que es un amor excesivo hacia uno mismo y una necesidad de admiración por parte de los demás.

  En los trastornos de personalidad, como el trastorno narcisista de la personalidad, la egolatría puede manifestarse en una búsqueda constante de atención y validación, lo que puede llevar a comportamientos materialistas y consumistas como una forma de obtener esa admiración y reafirmar su autoestima.

  En el Trastorno Histriónico de la Personalidad las personas con este trastorno suelen buscar constantemente la atención de los demás y pueden comportarse de manera teatral o exagerada para asegurarse de que son el centro de atención. El orgullo y la vanidad pueden alimentar su deseo de ser notados y admirados, lo que puede llevar a una egolatría marcada por la superficialidad y la manipulación emocional.

   Trastorno Límite de la Personalidad (TLP): Aunque la egolatría no es un rasgo central del TLP, el miedo al abandono y la inestabilidad en las relaciones pueden hacer que las personas con TLP busquen validación y admiración de los demás de manera intensa. Esto puede confundirse con egolatría, especialmente si se combinan con episodios de idealización y devaluación de los demás, donde el orgullo y la vanidad pueden jugar un papel en la forma en que se perciben a sí mismos y a los demás.

  Trastorno Pasivo-Agresivo de la Personalidad: En este trastorno, la egolatría puede no ser tan evidente, pero el orgullo y la vanidad pueden manifestarse a través de la resistencia pasiva a cumplir con las expectativas de los demás. La persona puede sentirse superior o despreciar la autoridad o las críticas, lo que puede llevar a comportamientos indirectamente desafiantes o sabotaje

  Es importante destacar que la egolatría en estos trastornos no siempre es el resultado directo de soberbia, orgullo y la vanidad, sino que puede ser un mecanismo de defensa ante la baja autoestima o una respuesta a experiencias tempranas de sobreprotección o falta de límites. Además, la egolatría puede ser reforzada por una sociedad que valora el éxito material y la imagen personal, lo que puede exacerbar estos comportamientos.

   El orgullo, cuando es excesivo, puede convertirse en arrogancia y vanidad, bloqueando la empatía y la capacidad de procesar nueva información, encerrando a la persona en una visión limitada y egocéntrica de sí misma. Este tipo de orgullo puede ser alimentado por el consumismo, que a menudo valora el éxito y la imagen personal en términos de posesiones materiales y estatus social.

   En resumen, el orgullo y la vanidad pueden contribuir al desarrollo de la egolatría, que a su vez puede exacerbarse en una sociedad que enfatiza el materialismo y el consumismo, creando un ciclo donde la autoestima y el valor personal se miden por logros materiales y reconocimiento externo.


Diferencias entre la Soberbia 

y el sano Amor Propio.

     La soberbia es considerada en muchas tradiciones religiosas y filosóficas como un pecado fundamental o capital porque puede ser la raíz de otros pecados y comportamientos negativos. En el contexto del cristianismo, la soberbia se ve como un amor excesivo por uno mismo que puede llevar a una persona a valorar sus propios deseos y necesidades por encima de los demás y de Dios.

   El orgullo puede manifestarse de varias maneras, incluyendo:

   Autoexaltación: La creencia de que uno es superior a los demás, lo que puede llevar a despreciar o menospreciar a los demás.

  Vanidad: La búsqueda de atención y reconocimiento por logros o atributos personales.

  Egocentrismo: Poner las propias necesidades y deseos por encima del bienestar de los demás.

  La soberbia, al centrarse en el "yo" y en la autosatisfacción, puede llevar a una persona a justificar acciones que son perjudiciales para los demás o para la sociedad en su conjunto. Puede erosionar la compasión y la empatía, y crear una desconexión entre el individuo y la comunidad.

    La autoexaltación de soberbia y el sano Amor Propio son conceptos que, aunque relacionados con la percepción que uno tiene de sí mismo, difieren significativamente en su naturaleza y efectos.

   En el Amor Propio existe reconocimiento de la propia dignidad y valor sin caer en la comparación o competencia con los demás, implica una valoración positiva de uno mismo, manteniendo un equilibrio entre las virtudes y defectos personales. Además permite a la persona establecer relaciones saludables y ejercer el amor propio sin perjudicar a los demás. Facilita de esta dorma el amor al prójimo, ya que reconoce el valor propio y el de los demás en igual medida.

  El Amor Propio es la aceptación y aprecio por uno mismo, que incluye cuidar del bienestar físico, emocional y espiritual. El amor propio es necesario para poder amar genuinamente a los demás, siguiendo el principio de "amar al prójimo como a uno mismo". No debe confundirse con el narcisismo o el egoísmo, ya que no busca la autoadmiración o el beneficio propio a expensas de los demás.

   El Amor a Dios en muchas tradiciones religiosas, ese coloca por encima de todo, y se ve como la fuente del amor verdadero hacia uno mismo y hacia los demás. Amar a Dios implica seguir sus mandamientos y enseñanzas, lo que incluye practicar la humildad, la compasión y el servicio desinteresado.

  En resumen, mientras que la autoexaltación del orgullo se centra en la autosatisfacción y la superioridad, la sana autoestima y el amor propio son fundamentales para el desarrollo de relaciones interpersonales equitativas y para vivir una vida en armonía con los principios espirituales del amor a Dios y al prójimo. Muchas tradiciones espirituales y religiosas enfatizan la importancia de la humildad, la cual se considera una virtud que permite a las personas reconocer sus propias limitaciones y la necesidad de los demás, así como la presencia y autoridad de una fuerza superior o divina


Contrapartes Simbólicas de la Soberbia en la tradición católica.

  En el marco de la teología cristiana, Jesús de Nazareth y la Virgen María son figuras centrales que simbolizan la bondad, la redención y la pureza, y se les considera contrapartes de todo lo que representa Satanás, quien es visto como la personificación del mal y la tentación de la soberbia.

    Jesús de Nazareth, conocido como el Hijo de Dios, es la encarnación del amor divino y la salvación. Su vida y enseñanzas son ejemplos de humildad, sacrificio y compasión. En contraste con Satanás, que en la tradición cristiana busca alejar a la humanidad de Dios a través de la tentación y el engaño, Jesús ofrece un camino de regreso a la gracia y la comunión con lo divino

    En la tradición católica, la Virgen María tiene un papel significativo en el aspecto exorcístico debido a su pureza y su estrecha relación con Jesucristo. Se la considera una poderosa intercesora ante Dios y un símbolo de la victoria sobre el mal. En los rituales de exorcismo, la presencia de la Virgen María se invoca frecuentemente para proteger al exorcista y a la persona afectada, y para repeler a los espíritus malignos.

    La imagen de la Virgen María, especialmente bajo ciertas advocaciones como Nuestra Señora de Guadalupe, se utiliza en los exorcismos para recordar su papel como protectora y su triunfo sobre Satanás. Según la creencia, el demonio teme a la Virgen María porque ella representa todo lo que es contrario a él: la humildad frente a su orgullo, la obediencia frente a su rebelión y la vida frente a su deseo de muerte y destrucción.

 La Virgen María, como madre espiritual y miembro singular de la Iglesia, es venerada y solicitada en estos rituales para que, con su intercesión, se pueda liberar a las personas del poder del mal.

   En la lucha simbólica entre el bien y el mal, Jesús y María son vistos como luces de esperanza y salvación que desafían la oscuridad que Satanás intenta propagar en el mundo. La narrativa cristiana a menudo presenta esta dualidad como una batalla espiritual en la que cada ser humano debe elegir entre seguir el ejemplo de Jesús y María o sucumbir a las tentaciones de Satanás con la soberbia.

Alfonso Abraham Amaya Rojas 


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