Rosa Negra II
II
Cuando era niño, Alfonso Abraham Amaya Rojas, el nieto de Abraham Ignacio Rojas Reaño y Pedro Pablo Amaya Manaure; escuchaba las historias que le contaba la simpática caleña Anita Montenegro. Obesa, afrodescendiente, de dulce voz y acento caribeño, luego de cumplir su trabajo diario en los oficios del hogar, como miles de mujeres colombianas en casas venezolanas en la década de los ochenta del siglo XX; ella disfrutaba contando las historias que ella misma había oído de niña a sus abuelas y tías. Esa noche le contó a Alfonso y a su hermana Jetza, la historia del hombre que por buscar una mejor vida para su mujer y su hijo, viajó más allá de la frontera.
Llegó hasta pueblo donde un hombre lo contrató para vigilar un árbol de manzanas. Era todo lo que tenía que hacer. Le dijo que mientras vigilaba, él enviaría el dinero de su trabajo a su esposa y su hijo. Pero el patrón le aclaró:
- Vea lo que vea, no pregunté nada ni diga nada.
El hombre asintió y el patrón lo trasladó hasta el árbol. Estuvo días vigilando, y nada pasó. Luego de un tiempo, apareció una mujer. Ella recogía las manzanas caídas, maduras o podridas, tomaba las flores del árbol o los frutos verdes sin madurar. Al hombre, le pareció absurdo, que día tras día hiciera lo mismo. Al fin luego de varias semanas le dijo:
- Señora, ¿Por qué no se lleva sólo los frutos maduros? Dejé las flores convertirse en frutos y madurar a los frutos verdes. Las manzanas podridas son abono para el árbol...¿No le parece?
La mujer, sin decir una palabra, volteó hacia el hombre que pudo observar que ella no tenía rostro. Aterrorizado, vió como la mujer se fue y no regresó jamás.
Luego de un tiempo, apareció un hombre con una carretilla. Y empezó a colocar manzanas y manzanas. Cuando estuvo totalmente llena la carretilla, intentó moverla y no pudo. Entonces, colocó más manzanas. Trató de nuevo moverla y no pudo. Colocó aún más manzanas.
Así estuvo horas, y al vigilante le pareció ridículo todo lo que veía. Se acercó y le dijo:
- Señor...¿Por qué no se lleva una carga liviana de manzanas y luego viene por más? Total, ni el árbol se va a ir ni las manzanas se van acabar...¿No le parece?
El hombre tiró la carretilla enfurecido y marchó para no volver...
Unas semanas después aparecieron cuatro hombres con sogas. Las ataron al árbol y comenzaron a jalarlas cada uno en ángulos diferentes, en las cuatro direcciones: norte, sur, este y oeste. Eran hombres musculosos y grandes, y usaban toda su fuerza. El vigilante no comprendía sus intenciones y el árbol ni se movía. Así duraron horas y horas, sudaban a chorros.
Al cabo de seis o siete horas, el vigilante se acercó y les dijo:
- Señores, si ustedes lo que desean es tumbar el árbol...¿No sería más sensato que halaran todos en una misma dirección? Y al final de cuentas...¿Qué van a ganar tumbando este árbol tan hermoso?
Los cuatro hombres dejaron las sogas enfurecidos, y se marcharon ignorando al vigilante y a sus palabras.
Luego de eso, pasaron meses y no pasó nada más. Así que decidió volver a la casa del patrón.
Una vez allí, le contó todo lo que había visto y lo que había dicho él. El patrón le recordó que él le había sugerido no decir ni hacer nada, por lo cual ahora tenía que regresar a su casa, pero tendría que ser cuidadoso porque al decir lo que dijo, había enfrentado fuerzas sobrenaturales. Entonces le preguntó si quería que le pagara en dinero o que le dijera que había visto y un consejo para seguir vivo hasta llegar a su hogar. El hombre intuyó que de nada le serviría tener dinero si no pudiera llegar vivo con su familia así que eligió la segunda opción. El patrón le reveló:
- Lo primero que viste fue la muerte: ella no discrimina entre bebés, ancianos, niños, adultos, enfermos o sanos. Al aconsejarle, la desafiante. Lo segundo que viste fue espíritu de la codicia, la gula y la envidia: nunca se satisfacen con algo aunque tenga muchísimo de tal cosa y no pueda ni disfrutarlo, siempre quieren lo ajeno y más...Desean y desean sin sentido....Al aconsejarle, lo desafiante...Y lo último que viste son las cuatro pasiones humanas que crucificaron al Hijo de Dios cuando vino a la tierra. La lujuria, la soberbia, la pereza y la ira. Ellas sabían que no podían destruir al árbol de la vida, pero estaban disfrutando torturarlo. Al aconsejarles, las desafiante.
El vigilante estaba atónito y aterrorizado. El patrón culminó:
- Esas fuerzas te seguirán toda la vida desde ahora, hasta que puedan destruirte. Mi consejo: de regreso al hogar, veas lo que veas, por muy extraño que sea, no preguntes. Es todo. te deseo buen retorno.
Lo primero que encontró de regreso a su hogar fue un sembradío de rosas negras, muy hermosas. Era imposible pasar por ese lugar sin detenerse a contemplar esos rosales. El vigilante se quedó rato largo contemplando ese paisaje verde con negro violáceo. De pronto, apareció el cultivador...Mientras se quitaba los guantes le dijo:
- En ningún lugar del planeta verá usted unas rosas de este tamaño y color. Sólo yo las cultivo con un secreto milenario, que ha pasado en mi familia de generación en generación...
El vigilante se sintió tentado a preguntarle dicho secreto, pero recordó cuánto le había costado la revelación y el consejo del patrón. Echó entonces una última mirada a la rosaleda negra y le dijo al cultivador:
- Le felicito, son hermosas...
Y con esas palabras se despidió...
Anita le dijo a Alfonso, mirándolo a los ojos y poniendo voz grave:
- Si hubiera preguntado el secreto, el cultivador le habría dicho que para dar ese tono de color a las rosas, tenía que colocar en sus raíces sangre de gente curiosa. Y habría asesinado al vigilante para alimentar a las rosas negras ese día...
"La rosa negra también se entrega como forma de honrar al familiar de alguien que ha muerto gloriosamente"
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