Rosa Negra IV

 Zulia, la hermosa, sensual y codiciada hija del kachika Cínera sabía que tendría que enfrentar a Machita, hija del kashika Cúcuta, de sin igual belleza, en duelo de lanzas en los juegos en honor a la Diosa Luna. Ganar la justa de lanza, significaba adquirir el dominio político de los pueblos cíneras y cúcutas, así como la influencia en los demás pueblos cercanos. Zulia sabía también de la presencia de Guaymaral, el hijo del kashika Mara, dueño y señor de las tierras circundantes del lago de Coquivacoa hasta el río Magdalena, quién enterándose de los juegos en estas regiones al suroeste del Catatumbo,  y habiendo perdido la alegría en su corazón, pidió permiso a su padre para viajar acompañado de cuatro guerreros para encontrar esposa, tierra y aventura. El insigne visitante fue recibido por el anciano y poderoso Cúcuta, quien vio en él un guerrero, un competidor digno en los juegos, un seguro, poderoso y adecuado yerno, y un buen semental para engendrar sus nietos.

Los hombres y mujeres de los pueblos de cíneras y cúcutas, difundieron muy rápido la noticia y Zulia entendía la incidencia de que Machita se convirtiera en nuera del poderoso Mara.


La sorpresa de Zulia, fue el estremecimiento de su ser total al conocer al joven guerrero wayú. Supo con solo mirarlo, que su vida sería llevada como un río salvaje a las riberas del cuerpo de Guaymaral. 

Al momento de la justa de lanzas, ambas mujeres vieron en el fondo de sus ojos, el celo mutuo por el poder y el amor. Zulia, impetuosa, fuerte valerosa se impondría sobre una Machita que supo disputar dignamente el derecho al liderazgo. Desde ese momento cíneras y cúcutas supieron que Zulia sería heredera del kachikazgo, como supieron también, cuando Guaymaral buscó con sus brazos reconfortar a Machita, que ésta ya había sido prometida y ganadora al corazón del arahuaco. Sólo una mirada, una fugaz y profunda mirada, entre Zulia y Guaymaral, quedaría en la memoria de ambos, de un fuego que pudo suceder.

Esa noche Zulia cantó a luz plena de la  Diosa Luna:


"¿De que me sirve dominar humanos y poseer tierras si tus brazos arrullan otro cuerpo en el espacio que yo deseo habitar?

¿De que me sirve la astucia femenina y la dulzura si no puedo con ellas llenar de tu miel mis labios sedientos llenos de la sal que los desahace en pedazos ?

¿De que me sirve vencer en batallas si luego al seguir viva, esa vida no morirá junto a ti en un suspiro mutuo con aroma a eternidad y deseo cumplido?

¿De qué sirve que la Diosa Kachi me mostrara tu rostro encantador con su luz si luego él se embarcaría en canoa a los humedales de otra rivera del Catatumbo?

No, de nada me sirve la vida de este cuerpo si no es tuyo,

Ni la muerte

 si no es por ti, 

ni en ti...

Entregarme he a mi pueblo 

y su libertad,

Si con tu simiente no puedo hacer florecer mi vientre."


Todos y todas callaron. La diosa Luna se ruborizó y cubrió su rostro con una nube de lluvia. El tiempo corrió lentamente para Zulia desde ese momento hasta la que la barbarie española rompiera el equilibrio de amor y poder.

En 1559, el kachika Cúcuta estaba feliz de ver a Machita embarazada de Guaymaral, preveía un linaje sin final y un territorio de libertad y tolerancia entre wayús y karibes nunca visto entre la civilización Katugua y Arawak. Pero la sed de oro española cambiaría sus sueños. El mismo día que llegó la noticia del asesinato del kachika Cínera, vino el dolor de saber de parientes cúcutas en el pueblo  cínera habían sido exterminados con el valiente líder. Machita no soportó el dolor de saber las muertes de esas amadas personas y que Guaymaral entraría en batalla. Su temperamento intenso e irrefrenable se volcó  por el sendero oscuro del terror, ese terror adelantó el parto y lo complicó. Nada pudo hacer la partera: el fantasma de la guerra marchitaría la vida Machita y su hijo nacería muerto. El anciano Cúcuta y el joven Guaymaral entendieron esta desgracia como una lanza invisible del cruel Diego de Montes, asesino, violador de mujeres y esclavista de karibes nacidos libres.

Zulia se enteró de la tragedia mientras estaba en gestiones para hacer una confederación poderosa de fuerzas karibes de la zona contra lo que ya era insoportable de los invasores. 

Nunca pensó ver a su padre destrozado y colgado inerte de un árbol de caracolí, en la rivera del río Zulasquilla. De sus entrañas y alma surgió un grito de odio y dolor, que se oyó a kilómetros y que causó escalofríos en muchos españoles que presintieron en en ese alarido su propia muerte.


Zulia y Guaymaral se reunirían de nuevo, pero por la guerra. Organizarían los pueblos amenazados en una estrategia inigualable, cada uno de ellos dos, por su presencia y antecedentes, comandarían las dos columnas, que por el norte con Guaymaral y por el sur con Zulia, aplastarían a Diego de Montes. Éste disfrutando el botín de tesoros minerales y de mujeres secuestradas, y creyendo que era invulnerable, encontró la muerte que merecía con sus hombres, sorprendido y aterrado.


En la fiebre de la batalla y la celebración de la victoria, Guaymaral reconocería su pasión por Zulia. Viudo y vencedor, podía aspirar consumar su idilio imposible durante dos años. Nadie se opuso, y en la siguiente Luna Llena, la diosa que iluminó su primer encuentro, ahora bendeciría su unión.

Por dos años, fueron felices.

Pero los españoles codiciaban sus tierras y no tenían honor ni ley humana ni espiritual.

La guerra regresó y encontró a Zulia y Guaymaral dispuestos a enfrentar la barbarie europea. Zulia desenterró el odio de tantas muertes queridas y olvidó perpetuar el amor. A diferencia de Guaymaral, esa tierra era la herencia de miles de años de sus ancestros. Se enfrentó frenética en batalla, y la saliva de plomo y fuego de los arcabuces, y las lenguas de metal de las lanzas morbosearon su cuerpo y la llenaron de ese deseo español enfermizo de derramar sangre. Guaymaral logró llevársela aún viva al páramo. Allí la vio morir sembrada de odio español. Ella moribunda le hizo jurar que viviera el resto de su vida haciendo el mejor esfuerzo por sembrar el amor y no la guerra, era lo que sentía había sido su errar como guerrera. Él juró ante su cuerpo sin vida que todo lo que tocará su pie desde ese momento, tendría su nombre.  Habían entendido ambos, que hombres que tenían el fuego de volcanes en sus manos por obra de quién sabe que espíritus nefastos, no podían ser vencidos con sus armas. Guaymaral creyó que negociar y buscar la paz podría salvar a su amado pueblo de los cúcutas y cíneras, y eso aconsejó al anciano kachika Cúcuta, el cual por su vieja experiencia intuyó que los españoles no venían solo a robarlos, sino también a aniquilarlos. Entonces, Guaymaral decidió buscar una tierra sin españoles para cumplir sus dos juramentos: buscar el verdadero amor entre humanos con un digno kachikazgo y darle el nombre de su amada a ese lugar. Sentía vergüenza de ver a su padre Mara, que enterado de un hijo con Machita, una victoria contra Diego de Montes, y una nueva vida con Zulia, ahora tendría que ver a un hijo vencido, huérfilo, y viudo dos veces. Lo había perdido todo.

Cruzó el río Zulasquilla y le cambió el nombre por Zulia, y en algún sitio entre ese río y el lago Coquivacoa fundó un pueblo llamado Zulia. Hasta ese lugar le llegó la noticia de la muerte de su padre, el valiente Mara, luchando contra los alemanes en la isla del lago de sus dominios cercana a la costa que por siempre llevaría su nombre unido al hermano de Maruma: Maracaibo.

Eso obligó al joven regresar para tomar posesión de los inmensos territorios del kachikazgo desde el río Magdalena al lago que ilumina el Catatumbo.

"Zulia:


En la distancia

siempre nos quiso

la luna y su luz...


Yo te nombro

en toda agua que bebo...


En cada trozo de tierra que esté a mi cuidado...


En los rayos del sur:

Los poemas de Zapara,

Nido de turpiales...

Y los cantos de Maruma,

Flores de aragüaney...

Ambos iluminan Coquivacoa...


Me hacen recordarte...

Verte en cada mujer...


Oírte en el Catatumbo...


La distancia

entre mi vida...

Y tu muerte de pasión arrebatada...

Me es insoportable...


Sólo verte en todo...

Y nombrarte en todo...

Ha sido mi poder...


Ha sido la forma

de perpetuar...

Tu deliciosa memoria...

Tu seductora figura...

Tu dulce nido...


Zulia eterna...


Tratarán de borrar 

tu recuerdo...

Quienes en las espinas de la guerra confían...


Pero los pueblos 

que aman 

los pétalos 

de la flor

 del caracolí y el sabor de la pulpa de su merey,

Nunca te olvidarán...


Viviré para inmortalizar tu nombre...

Moriré para revivir tus caricias...

A las orillas

 de todo lo que

se convirtió en ti...


Amor, Luna y Destino...


Te ama por siempre...


Guaymaral".


Desde el momento que Guaymaral fue kachika, sus dominios heredados se nombrarían Zulia...


Alfonso Amaya

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