Rosa Negra V
Mukaichí XXXVII
"Haremos maracas con los dientes de nuestros enemigos, haremos flautas con sus huesos, tensaremos tambores con el cuero de sus pieles, curadas en la sal de nuestro dolor, mientras los desollamos. Beberemos la victoria, con nuestros licores fermentados y añejados por la venganza, en las cuencas de sus cráneos desnudos, y las fogatas trasnochadas de nuestras celebraciones las apagaremos con el polvo de sus cenizas. Nos llamarán salvajes, pero no pondrán en las crónicas las lecciones que nos dieron los maestros de nuestro erudito salvajismo. Cien millones de nuestros muertos amerígenas son el resultado de su academia de pedagogía práctica."
Anita Leonilde Montenegro prosiguió contando el regreso del vigilante, mirando fijamente el rostro del niño Alfonso Abraham Amaya Rojas, nieto de Ana Urquía Muñoz Congo de Amaya y María del Carmen Galavis Girón de Rojas.
"Luego de dormir a la interperie y soñar con el cultivador de rosas negras regando ese día sus rosales con sus propias venas abiertas con un cuchillo, el vigilante prosiguió su camino. Ese segundo día caminó más de setenta kilómetros hasta encontrar en la noche la única posada existente.
Entró y explicó que no tenía dinero ni para comida ni para un dormitorio, pero que por favor le dejaran pernoctar sentado en la entrada del hostal. El dueño, al lado de su esposa, le dijo:
- Es usted bienvenido, ya su patrón ha pagado cena, desayuno y habitación.
Aliviado, el hombre comió y se dispuso a dormir. Mientras cenaba, un delicioso ajiaco con arepas, no podía dejar de mirar una pared al fondo del comedor repleta de cráneos, unos sobre otros. Los posaderos, lo miraban a su derecha, y a pesar de lo tétrico del decorado y de su curiosidad al respecto, recordó las palabras del patrón, términó de cenar y se fue a dormir.
Al día siguiente, antes de marcharse, mientras desayunaba una bandeja paisa, con la luz del sol entrando por la ventana a la izquierda del comedor, pudo apreciar mejor la pared del fondo repleta cabezas humanas sin piel.
Terminó su desayuno y al marcharse, la esposa del posadero le preguntó con picardía si deseaba algo más o si quería saber algo de la posada.
El vigilante solo dijo:
- Gracias por su hospitalidad..."
- ¿Sabes que hubiera pasado Alfonsito si el vigilante hubiera preguntado por los cráneos? - preguntó Anita Leonilde con lentitud y voz grave.
El niño negó asustado con la cabeza pero presintiendo la respuesta...La negrita Montenegro sentenció:
- De haber preguntado, su cabeza hubiera sido cortada por los posaderos, como lo hicieron a todas las personas anteriores, que por preguntar crímenes de inocentes, sin intención de hacer justicia, les pasa lo que dice el dicho: por la curiosidad murió el gato...
Alfonso Amaya
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