Ionírico I

Ionírico
de 
Alfonso Abraham Amaya Rojas

Este pequeño cuento de sueños
 está dedicado:

 A Irene Sofía, 
amada hija,
 pronto en algunos años nos abrazaremos...
Te Amo...

A Carolina,
 amada mujer
 tal vez nunca 
nos abracemos...
Te Amo...

A la Más Pobre de las Pobres...
Amada Madre,
 logramos detener la barbarie...
Te Amo...

A la flor lunar
 de Cinco Pétalos 
sobre mi cabeza...
Alma Mía...
Abre tu Capullo de Luz...
Te Amo...



"Érase una vez,
   yo,
Chuang-Tzé,
 soñé que era
 una tatagua,
revoloteando de aquí para allá,
 a todos los efectos 
como tatagua.
Sólo era consciente
 de mi felicidad 
como tatagua,
sin saber que
 era Chuang-Tzé.
Pronto desperté,
y ahí estaba
 yo de nuevo.
 Ahora no sé
 si yo era entonces 
un hombre soñando 
que era una tatagua 
o si ahora soy una tatagua
soñando que soy un hombre. 
Entre un hombre y una tatagua 
hay necesariamente una distinción:
 la transición se llama 
la transformación
de las cosas materiales"

Chuang-Tzé.
(Siglo IV a.C.)

"Y si todo fuera un sueño...
 ¿Por qué dormimos?
Y si dormimos... 
¿Cómo podremos despertar?
 Y si pudiéramos despertar...
¿Qué podríamos encontrar? "

Yo,
 hablando sobre el sueño 
(Alchima, 2000).

Io sabía que estaba dormido. Lo supo porque quince siglos antes quiso mantenerse en vilo pero no pudo, vencido por los cálidos brazos de Hipnos. Miro por la ventana, consciente que era de mentira, y vió el ilusorio paisaje de montañas azuladas por la distancia. Estaba en la cima, al borde de un precipicio, en la saliente de una montaña a la cual había llegado con grandes esfuerzos y sacrificios. Entonces pensó en ese momento...¿De dónde salió la ventana? Recordó que estaba soñando y sonrío por lo irónico de la absurda situación.

 Io no era de fiarse con simplicidad de cualquier cosa. Mil quinientos años de sueño repetido lo habían convencido de lo efímero de todos los escenarios que pudiera percibir. Sabía que todo conspiraba contra el: sus sentidos, sus recuerdos, sus pasiones y hasta sus mejores intenciones. Nada era verdad. Incluso el ahora siempre se le escapaba hacia el antes y el después, nunca había un aquí permanente tampoco. Comprendía claramente que entre el trabajo de los sentidos y el archivo de los recuerdos, había un espacio ínfimo y un mínimo de tiempo vital, en el cual el aquí y el ahora se escabullían alegremente hacia el allá y el entonces.

Por eso aunque la belleza de aquella panorámica en la cima le embebía de emoción, no se dejó arrastrar por los colores, sonidos, ni aromas de esa majestuosidad. Quiso despertar de nuevo de ese juego infernal de vivir en la hermosa falsedad de su mundo. Consecuentemente, se sentó para comenzar el arduo empeño de despabilarse a través de la contemplación y la meditación. Sabía que milenio y medio de hábitos eran fuertes enemigos, más no se desanimó. Cerró los ojos y justo cuando sentía que uno de sus párpados, al otro lado del sueño comenzaba a abrirse en el cosmos de la vigilia, sus traviesas alas azules comenzaron a desplegarse sobre su espalda, en  el despeñadero. La sensación del vértigo lo sumergió otra vez en la montaña.

 Abrió los ojos, se levantó probó sus alas y luego se lanzó corriendo hasta el borde del trampolín montañoso hacia el vacío. El roce zumbante del viento y el suave equilibrio de su cuerpo planeando sobre su mundo, lo hizo olvidar todo incluso del mismo sueño de su vuelo.

Apareció así ante una fuente de oro rodeada de amplios salones con pisos de mármol brillantes y luminosos. No tenía la menor idea de que hacía allí ni de qué estaba soñando. Ni siquiera recordaba su nombre, lo había olvidado todo. Una tatagua diurna, rosa y alegre, se le acercó con familiaridad, lo besó y lo invitó a reconocer  los pasillos que circundaban la fuente. Io, confundido por la amnesia, accedió al pedido. Llegaron a un gran salón de espejos, en el cual Io se sorprendió de ver su propia imagen olvidada como un reflejo múltiple en aquel lugar.

Alfonso Abraham Amaya Rojas.

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