Ionírico XVII
Décimo Séptimo Sueño: Amistad y Disciplina contra las bajas pasiones.
Io, el centauro, se acercó a Ionírico y accedió a que le ayudará con sus dos corazones. Entonces Ionírico convocó a Varuna, y le pidió que con sus mil ojos, en las mil manos de sus mil brazos luminosos le injertara nuevos corazones al ixión.
Varuna también accedió al pedido y en un canto de luces, le regaló dos corazones de diamante a Io, que le calmaron la sed de furia y venganza. Varuna había llegado con su hermano gemelo Mitra, cuyo nombre indica que el espíritu del Alba y la Amistad, y ambos hermanos eran los dioses de los contratos y juramentos. Ambos eran las caras visibles de la Ley.
Ante ellos, Io el centauro de la Paz y la Sabiduría, por amor a su hija Irene Sofía juró trabajar por la vida pacífica en Pasionaria y en la Tierra.
En ese momento, Varuna hizo aparecer a Kalísti, quién al recibir dos gotas del recuerdo de la rama de sauce entendió lo que había hecho. Mitra al verla llorar desconsolada le dijo:
- Edifica una nueva Amistad con Io, caminen juntos. Irene Sofía vive y les acompaña. Canten y cuentes otro sueño en su honor - y con uno de sus mil ojos sanó las heridas de Kalísti.
Ionírico se despidió del Centauro y la Kentauride, y con Katugua se dirigió al bosque para enfrentar a Iquelo, que sabía se había escondido.
Al llegar al bosque, los humanoides corrieron hacia Ionírico y su Pegaso. Le contaron que Iquelo se hallaba escondido desde que supo que Morfeo había sido dormido.
Ionírico les mostró como hacer sus alas con fé y devoción, y a cómo desplegar las como le enseñó Yara. Les dió esperanza y felicidad desde las pequeñas semillas de luz injertadas en su piel del alma. A ambas semillas le empezaron a crecer raíces. Ionírico empezaba a cultivar amistades.
Tres meses estuvo con las criaturas que paso a paso, perdieron el hechizo y regresaron a su forma humana. Ionírico le había dado algunas lecciones de las perras y perros griegos de cien ojos.
Y siendo humanos y con fe y devoción, podían huir del bosque de las bajas pasiones.
Iquelo en su orgullo herido los quiso detener el día que decidieron partir, pero habían aprendido disciplina, unidad y amistad. Lo enfrentaron en equipo, lo lograron atar y lo llevaron frente a Ionírico quién lo durmió con la amapola y le arrancó las alas de los pies y las manos, y se las colocó a Katugua en sus cuatro patas diciéndole:
- Esto es por si acaso no logras dormir a Baubo, puedas convertirte en cualquier animal que quieras. Aunque sospecho que no quieres huir de la vieja bribona.
Y muchos catatumbos iluminaron el bosque mientras los humanos volaban con esperanza hacia nuevos sueños, libres del hechizo del ser oscuro con el tatuaje en el entrecejo.
Alfonso Amaya
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