Ionírico IV
Cuarto Sueño, Cuatro transformaciones por Iquelo ¿Y Fantaso?
En el momento que limpiaba sus alas y las plegaba en su espalda, unos seres humanoides con cabezas de diferentes animales se le acercaron cautelosamente. Io los percibió con su visión lateral de las sombras y automáticamente sacó un cuchillo de su cinto, para defenderse de sus posibles agresiones.
- ¡No temas! - le gritó un pequeño hombrecillo con cara de cerdo, al tiempo que levantaba su mano izquierda en señal de paz - ¡No te haremos daño! Al contrario, quisiéramos tu ayuda....
- ¿Mi ayuda?- replicó Io, mientras contaba a veinte criaturas - ¿En qué puedo ayudarles?
- ¡Tú puedes volar!¡Tienes alas! - respondió la que tenía cabeza de ratón y voz chillona- ...Si nos enseñarás a tener alas y a volar, podríamos escapar de las garras de Iquelo y sus oniros...
- ¿Y quién es Iquelo?¿Quiénes son esos oniros?- preguntó Io un poco más calmado, al cerciorarse del tamaño ético y físico, y de la naturaleza aprensiva de aquellos seres.
- Iquelo es el malvado criminal que nos hechizó, los oniros son sus hermanos y sirvientes, son mil...Ellos crean la ilusiones en los sueños y la realidad, que también es otro sueño, pero del más grande, del Todo, al que llaman Kaos...- gruñó uno con cara de lobo feroz con ojos de oveja apacible -...Iquelo con sus hermanos, nos mantienen atrapados en este bosque...Hemos rogado a Kaos por centurias y has aparecido tú, con tus alas y tu hálito de rebeldía libre...
- ¿Y cómo los hechizó? - inquirió Io conmovido por la desgracia de éstos.
- Cada uno de nosotros y nosotras tenía diferentes tendencias en pasiones personales - afirmó el que tenía cabeza de oso -: Yo, por ejemplo, era muy parsimonioso y perezoso, solitario; por eso Iquelos me pudo atrapar y darme esta apariencia animal. Cada uno de ellos y ellas - dijo el oso humanoide señalando a los demás - pudo ser embrujado por la naturaleza de sus vicios, obsesiones y bajas pasiones.
Todas y todos los veinte pequeños seres fueron relatando a Io la particular flaqueza humana por la cual fueron atrapados en el bosque. La cara de flamingo era vanidosa y gregaria, el de cabeza de lobo había sido hechizado por su cólera, mal humor y debilidad de acción concreta. La mujer con cabeza de ratón por sus sentimientos de inferioridad, minusvalía y odio profundo escondido en temor, hacia las personas. La de cabeza de gata por su irreverencia y desapego a todo dolor humano. El de rostro de pelícano por su codicia insaciable y su boca siempre llena de mordaces comentarios. El hombrecillo de elefante por su sentido de superioridad enmascarando el abandono y crueldad de su padre y madre. La de cara de sapo por su egoísmo y por hacer suyos los chismes asquerosos de los demás, su lengua siempre tenía un aire de mosquita muerta. Y así, uno por uno, se fue confesando ante Io,
quien no sabía cómo consolarlos. Acaso él mismo¿No había sentido alguna vez todas esas pasiones?
Pero lo peor, lo dramático era que Io no tenía idea de cómo había desarrollado sus alas y cómo había aprendido a volar. Tal vez, lo soñó hacía muchos siglos y lo había olvidado. Las criaturas al oír eso, suspiraron desconsoladas. Io quiso entonces soñarlo de nuevo, ayudarlas. Era la primera vez que quería soñar por otros y otras, y no sólo para sí mismo y escapar de Iquelos...¿Morfeo, Hipnos?¿Y por qué le vino a la mente el nombre de Fantaso? En fin, se dispuso a dormir y soñar cómo tener alas y volar lejos del bosque de las bajas pasiones, ante los hombrecillos y mujercillas animaloides.
Io despertó dentro de una diminuta célula de tatagua, y observó el fotónico proceso con el cual la luz estimulaba los genes que ordenaban a la célula cómo construir las millones de pequeñas escamas cromáticas que conforman las alas de las alevillas. Sintió cómo se iba convirtiendo la delicada oruga juguetona y comelona, por medio de aquel ordenado milagro fenotípico dentro del capullo, en una preciosa tatagua de alas azules. Era testigo de la elaboración de cada pequeña escama..."Escamas y más escamas" oyó que dijo la voz de Iquelo...
Sintió el agua pasando a velocidades espantosas a través de sus escamas diseñadas para ese hidrodinamismo. Sus branquias permitieron el paso de una pequeña porción de agua que corría estrepitosamente afuera y dentro de su cuerpo; pudo así sentir el oxígeno que mantuvo su nado en perfecto ritmo de escape de la voz de Morfeo...¡No, no de Iquelo!¿Escape? Sí, Iquelo era un pez de mayor tamaño que le seguía con escasa desventaja. Io logro introducirse en la hendidura de una gran roca en el fondo del mar. El otro pez, Iquelo, al constatar que no podía acceder dentro de esa hendidura decidió cambiar de estrategia para saciar su hambre de almas dormidas.
En la hendidura se mantuvo Io hasta que percibió que no corría peligro de ser un pequeño atún almorzado por un tiburón. Se aventuró a sacar la cabeza de la hendidura. Movió vigorosamente su cola trasera de izquierda a derecha, al tiempo que salía disparado del hoyo. Saliendo, sintió su escamado cuerpo rozar contra la desértica arena, levantando polvo con el apresurado ondular que llevaba. Oyó la risa de Iquelo y de Fantaso...¿Fantaso? Sintió la necesidad de sacar su lengua bifurcada para percibir el ambiente alrededor por el cual serpenteaba. Fue cuando supo que respiraba aire de nuevo a través de dos orificios en la parte frontal de su cabeza.
Se arrastró unos metros, hasta oler a un desafortunado roedor en las cercanías. Cuando lo divisó, sus penetrantes ojos de reptil hipnotizaron -¿Cómo Hipnos? - al pequeño ratoncillo, petrificándolo de terror hasta el momento de hacerlo su bocadillo. Todo se detuvo. El osado mamífero apenas realizó un sutil movimiento en sus patas delanteras, cuando la despiadada víbora de Iquelos, se abalanzó sobre él. Io, en un salto fugaz, logró escapar de ella o él. Pero supo que Fantaso lo seguía.
Mientras corría salvajemente por el desierto, la sensación de vértigo y velocidad, el terror en su corazón y la confusión onírica, le restaron importancia al polvo que levantaba con sus cascos al galope. Había logrado escapar de la red de ixiones que le perseguían desde el oasis, para entregarlo a Morfeo, su amo. Sabía que éste no tendría piedad por escapar ya dos veces, y le haría pagar su atrevimiento de huir, con el escarnio público y la tortura frente a los otros centauros libres y esclavos. Por eso el sabor de la arena de Fantaso -¿Fantaso?- en su boca, era dulce en comparación a la humillación y el dolor de no ser libre...Ser libre...Como un ave que vuela, como un dragón blanco y dorado con musgo en su lomo, que siente en las plumas de sus alas el aire convertido en viento que les hace levitar, en una caricia...Ser libre...Libre de no causar terror y ser aterrorizado...Planeando metros arriba de la arena, huyendo de ¿Iquelo?...Sí, de Iquelo, el ser con el tatuaje entre sus cejas, quién hechizó a los humanoides con cabeza de animales...¿No era Hipnos?¿El de las alas en las sienes y la rama que gotea agua del río del Olvido?
- Y bien...¿Pudiste soñar cómo elaboraste tus alas? - le preguntó la impaciente mujer con rostro de ratoncita.
- ¿Soñar?¿Alas?- preguntó Io confundido mientras despertaba de un sueño en otro sueño, sin recordar ni entender ninguno.
- ¡Oh!¡No!- refunfuñó el cara de lobo - ¡Olvidó soñar las alas esta vez!
Alfonso Abraham Amaya Rojas
Comentarios
Publicar un comentario