Ionírico IX
Noveno Sueño, los Catatumbos del Resplandeciente.
En esos tres siglos, Ionírico no tuvo paz. Sólo sentía la herida en su pecho. No lograba conectar con sus cantos ni con sus cuentos, ni con los cuentos ni cantos de nadie. Pero tuvo la fortuna de que una loba que camina con humanos, se le acercó un día y le habló de un espíritu que sanaba heridas y causaba treinta mil relámpagos diarios en las tierras de la kachika Zulia la eterna esposa de Guaymaral, quién puso el nombre de su amada a todo lo que tocó sus pies después que ella murió. La loba le dijo a Ionírico que los relámpagos de ese espíritu eran los cantos de Maruma y el poeta Tamare, que se amaban en el fondo del Lago de Maracaibo, el hermano de Maruma, luego que Zapara, el padre de ambos, enfurecido por el amor de su hija y el poeta Tamare, los inundará con su furia. Pero ellos siguieron cantando, sin darse nunca por enterados de aquello.
En la mente de Ionírico daba vueltas la historia que la loba le cantó de Maruma y Tamare, y del espíritu que los protegió. Invocó ese espíritu por 77 días. Y luego lo vio llegar. Ionírico, ya anciano contaba de esta forma lo que ocurrió ese día:
"Una oscura y silente noche, hace dos horas, fue concebido por la tierra, el océano y el cielo. Por ese "Ménage à trois" en su origen, siempre se ha especulado cuál de los dos sería su padre. Nació con el corazón de acero, sincero, justo,amable y benevolente. Tenía el don de provocar huracanes, trombas, relámpagos y tormentas en la frontera entre el viento, la costa y el mar. Se le describía como el resplandeciente, el milagroso y el maravilloso. Los griegos lo llamaron Taumas y tenía categoría de Dios. Le mostré mi cicatriz, la que alguien me hizo con una carimba al rojo vivo en el pecho. Vio la "K" de la quemadura aún sangrando en sus ángulos, y me dijo: "Profundas las cicatrices que dejan las mujeres, esta tardará unos años en sanar por completo: llegó hasta los huesos". Era un anciano muy sabio, uno de esos que habla con sus ojos antes que con su boca. Intuyó que apenas supe de su existencia, lo había invocado. Miró de nuevo la herida y dijo en griego "Kalós, kalós... Kalós...Kalísti...Kalísti... Kalísti..." Pude comprender que expresaba que era una herida bondadosa y además hermosa. Yo sabía que Taumas era milagroso, y yo anhelaba un milagro. Taumas entendió que mi deseo tenía relación con la carimba y quién la había generado, aunque había visto mis otras diez o trece grandes cicatrices en mi piel de la noche. Cerró los ojos, en voz alta preguntó algo a Gea, su madre. Luego llamó a Éter y a Pontos, sus padres. Pronunció el nombre de su hija Iris y de su nieto Pothos... De sus ojos, de cada uno salió una lágrima. Las tomó con su índice derecho y las lanzó hacia mí. Sentí un río de compasión que traspasó toda mi piel, mis huesos, mi nous, y entendí por qué había sido marcado. Luego dijo: "Min zeis tráumata kalítera zontaná tháumata..." No entendí y repitió: "No Traumas, mejor Taumas...Yo..."
Sonreí y luego reí a carcajadas. Por eso era milagroso: era brillante y luminoso como la alegría. La risa era su cura. Gelos, Baubo, Príapo y Dionisio habían sido sus discípulos. Reí mucho, me hizo entender: mi herida era un milagro de belleza, luz y amor, un catatumbo, un relámpagueante canto, una centelleante poesía; mi herida se convertiría en cocuyo y luciérnaga hasta mi muerte, haciéndome feliz con sus sonidos de luces: quién me la hizo al fuego viviría siempre en la Cikatriz junto a mi pecho. Y las cicatrices sanas nos hablan de forma telepática y telempántica, nunca nos abandonan en la soledad o el silencio mortal... Aunque la Cikatriz pudiera sangrar, ya el milagro estaba cumplido. Taumas le había dado voz y vida humanas."
Alfonso Abraham Amaya Rojas.
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