Ionírico VIII
Octavo Sueño, el canto que enamoró al Karaive.
El pescador amaba a una sola mujer, una preciosa y humilde campesina llamada Kalos que vivía en la ciudad con el muro sin sentido en medio de una calle. Él la había conocido un día contando historias de Baubo y Príapo, porque era cantor y karaive, señor viajero de historias que siembran paz y alegría en los campos de la mente. Por eso Kalos se había enamorado del pescador. Se llamaba Io, pero todos le decían Ionírico, porque decían que dominaba los oniros que crean las historias de la fantasía, los sueños y la realidad.
Ionírico nunca supo que Kalos se había enamorado de él. Ella estaba prometida a un Hidalgo de la Ciudad del Muro en la Calle. Por eso el karaive siguió su camino, contando historias sobre la kentauride Kalísti que se convirtió en furia, y luego la historia de un colibrí que se creyó abeja y se enamoró de una flor de un toronjil que cantaba "Caramba". Después contó la historia de una teatrera que amaba a tío tigre y tío conejo, y siendo de la isla de la dignidad se prendió de un lobo de la tierra de la libertad.
Cuando el karaive, había terminado de contar la historia de la viajera del río, la pequeña dama del sur que se enamoraba de principitos sin rosas y de sombrereros locos por el mercurio de su oficio; entonces, Kalos lanzó un canto desde la ciudad del Muro en medio de la Calle y le dijo a Ionírico: "te quise siempre, te deseo, te quiero y te amo..." En ese orden...
Ionírico podía escuchar a la distancia, porque dominaba los oniros, lo había aprendido sin saber cómo. El también sentía lo mismo por Kalos, pero ella estaba atrapada en una red de espinas. Ionírico, hacia doscientos años pescando historias en el mar, había sido atrapado por siete trombas marinas y había sido lanzado a una isla en medio de una montaña...
Cincuenta y ocho días le cantó Kalos a Ionírico: "te quise, te deseo, te quiero y te amo..." Y el último día dijo que una ola gigantesca se había llevado la fuente de sus cantos. Ese mensaje fue una carimba de fuego que viajó hasta el pecho de Ionírico y le tatuó en carne viva la piel, los huesos y los músculos del nous y del cuerpo. Después, Kalos no habló más. Y todo el universo hizo silencio por trescientos años...
Alfonso Amaya
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