Ionírico III
Ionírico
de
Alfonso Abraham Amaya Rojas
Tercera transformación, Primer retorno.
Io pudo sobrevivir al insaciable afán alimenticio que los insectos sienten por huevecillos de sus congéneres. Convertido en un gusano iridiscente, subió hasta un gran árbol y se posó a la sombra de una orquídea azul bañada en rocío. Se alimentó de sus pétalos hasta casi reventar. Luego, buscó un araguaney y un apamate, y comió de sus flores, hasta que sintió deseos de comer más orquídeas argentas y vestidas de rocío. Así estuvo hasta que sintió el impulso irrefrenable de elaborarse una bolsa de seda. Busco una rama adecuada y comenzó a tejer alrededor de su cuerpo de oruga. Cuando no le quedaba sino el pequeño espacio de la última porción de su cabeza, se aseguró de tensar levemente este membrana, para hacer más fácil su futura apertura. Entonces, en el cómodo sopor de su crisálida de seda, entró en una hibernación fuera de lo común...
Abrió los ojos y las praderas se perdían en el horizonte. El cálido y rocoso paisaje del desierto, hacia exhudar a su piel equina y humanoide...¿Piel? Se vió a sí mismo y supo que no tenía piernas...¿Piernas? En su lugar, había el cuerpo de un corcel malva oscuro. Era un centauro.
Al descubrir ésto quiso correr por aquellas llanuras polvorientas a todo galope. Sus cuatro cascos reventaban la superficie ígnea del pedregal suelo, mientras que sus brazos seguían sincronizados la carrera de los músculos inferiores de sus patas. Corrió salvajemente hasta hallarse en un oasis que apareció en su vertiginoso andar
Al llegar ahí, paró el trote y moderó su paso, poco a poco, para al fin detenerse en la rivera de un río. Allí se agachó, y tomó agua en sus manos para llevarla a su boca sedienta. Luego de ésto, introdujo su cuerpo centáurico en medio del cauce, para refrescarse del asfixiante calor absorbido en el desierto.
Mientras se bañaba alegremente sintió que una estampida alborotada la tierra sobre la que descansaba el río. Salió del agua y fuera de ella, pudo percibir a un grupo de centauros que se acercaba a donde él estaba. Instintivamente supo que tenía que huir, pero ya era demasiado tarde. Cuando iniciaba la carrera, fue alcanzado por una red lanzada por uno de los integrantes del grupo que llegaban al río. En medio de los silbidos y resoplos, aquellos centauros ataron fuertemente a Io, celebrando el agua del río y la presa hallada en él. Eran traficantes de esclavos y al parecer Io era un ejemplar magnífico para la venta: salvaje y fuerte.
De nada valió resistirse, en medio de la red. Después que el grupo de ocho ixiones traficantes descansó y se refrescó, reiniciaron el viaje con los cuatro centauros que llevaban para la venta El quinto, Io, se resistió bastante al inicio, pero los latigazos en sus muslos le hicieron desistir. Entre la red y con la ayuda de los fustigazos, Io fue secuestrado con los otros cuatro ixiones prisioneros, y llevado a la ciudad de Pasionaria, la cuna de la libertad de los centauros albinos. Io era un hermoso ixión moro, por eso no merecía la libertad en aquella ciudad de centauros blancos.
Io fue colocado junto con los otros cuatro esclavos para la venta sobre una plataforma de subasta. Luego de varios minutos, en los cuales un pequeño ixión pony y anciano ofrecía diferentes cantidades de dinero para iniciar la subasta de cada uno de los ejemplares, Io fue vendido junto con un centauro negro, por un precio relativamente alto en aquel mercado de potros moros.
El nuevo amo de los dos subastados, se les acercó y dijo:
- No crean que podrán mantener cualquier hábito de vagancia que hayan tenido antes. En lo que sigue de sus vidas, yo seré su dueño y su señor; por lo tanto no pueden esperar compasión si no me obedecen. Soy el más poderoso e influyente centauro en Pasionaria. No pueden escapar de mí. Mi nombre es Morfeo y aunque no lo supieran antes, desde hace mucho domino la mayor parte de sus vidas. Ustedes me llamarán "Mi Amo".
Cuando Io escuchó ese nombre, su mente comenzó a recordar algo. Supo que hace mil quinientos setenta y dos años había querido escapar del señor Hipnos, pero no pudo, porque éste lo durmió con un misterioso embrujo que no recordaba...¿No era Morfeo? Recordó que entonces quiso librarse de él, pero la sensación de vértigo al borde del precipicio lo hizo saltar de nuevo, mientras escapaba de Iquelo, el extraño hombre con el tatuaje en el entrecejo y alas en los hombros y en las sienes...¿ No era Hipnos? Ya en el aire, mientras planeaba con sus alas azules al lado de un dragón blanco y dorado con musgo verde en su lomo, el susurro del viento le hizo olvidar este sueño.
Aterrizó sin recordar absolutamente nada, en un pequeño claro de un bosque que divisó en pleno vuelo. El dragón blanco, con el terrario en las garras para Ka, le alcanzó a decir:" ¡Allí el amo y señor es Iquelo!" Io pensó: ¿No era Morfeo?
Alfonso Abraham Amaya Rojas.
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